El español
martes, 20 de agosto de 2013
Seis datos curiosos sobre el idioma español
Según un informe elaborado
por el Instituto Cervantes, el español es la segunda lengua en el mundo por
número de hablantes nativos y el segundo idioma en comunicación internacional.
Te resumimos su panorama presente y futuro en seis cifras:
- Más de 495 millones de personas hablan español.
- Por razones demográficas, el porcentaje de población mundial que habla español como lengua nativa está aumentando, mientras la proporción de hablantes de chino e inglés desciende.
- En 2030, el 7,5% de la población mundial será hispanohablante (un total de 535 millones de personas), porcentaje que destaca por encima del ruso (2,2%), del francés (1,4%) y del alemán (1,2%). Para entonces, solo el chino superará al español como grupo de hablantes de dominio nativo.
- Dentro de tres o cuatro generaciones, el 10% de la población mundial se entenderá en español.
- En 2050, Estados Unidos será el primer país hispanohablante del mundo.
- Unos 18 millones de alumnos estudian actualmente español como lengua extranjera.
viernes, 16 de agosto de 2013
Por favor ver este video
Este vídeo no es productivo, pero me causó mucha risa ya que este señor trata de explicar el lenguaje popular tico en inglés pero en realidad creo que ni el sabe hablar en español. Aquí observaremos un claro ejemplo de la mayoría de personas costarricenses al hablar en inglés y español.
¿Castellano o español?
Esta
lengua también se llama castellano, por ser el nombre de la comunidad
lingüística que habló esta modalidad románica en tiempos medievales: Castilla.
Existe alguna polémica en torno a la denominación del idioma; el término
español es relativamente reciente y no es admitido por los muchos hablantes
bilingües del Estado Español, pues entienden que español incluye los términos
valenciano, gallego, catalán y vasco, idiomas a su vez de consideración oficial
dentro del territorio de sus comunidades autónomas respectivas; son esos
hablantes bilingües quienes proponen volver a la denominación más antigua que
tuvo la lengua, castellano entendido como 'lengua de Castilla'.
En
los países hispanoamericanos se ha conservado esta denominación y no plantean
dificultad especial a la hora de entender como sinónimos los términos
castellano y español. En los primeros documentos tras la fundación de la Real
Academia Española, sus miembros emplearon por acuerdo la denominación de lengua
española. Quien mejor ha estudiado esta espinosa cuestión ha sido Amado Alonso
en un libro titulado Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual
de tres nombres (1943).
Volver a llamar a este idioma castellano representa una vuelta a los orígenes y quién sabe si no sería dar satisfacción a los autores iberoamericanos que tanto esfuerzo y estudio le dedicaron, como Andrés Bello, J. Cuervo o la argentina Mabel Manacorda de Rossetti. Renunciar al término español plantearía la dificultad de reconocer el carácter oficial de una lengua que tan abierta ha sido para acoger en su seno influencias y tolerancias que han contribuido a su condición.
Volver a llamar a este idioma castellano representa una vuelta a los orígenes y quién sabe si no sería dar satisfacción a los autores iberoamericanos que tanto esfuerzo y estudio le dedicaron, como Andrés Bello, J. Cuervo o la argentina Mabel Manacorda de Rossetti. Renunciar al término español plantearía la dificultad de reconocer el carácter oficial de una lengua que tan abierta ha sido para acoger en su seno influencias y tolerancias que han contribuido a su condición.
Por
otro lado, tanto derecho tienen los españoles a nombrar castellano a su lengua
como los argentinos, venezolanos, mexicanos, o panameños de calificarla como
argentina, venezolana, mexicana o panameña, por citar algunos ejemplos. Lo cual
podría significar el primer paso para la fragmentación de un idioma, que por
número de hablantes ocupa el tercer lugar entre las lenguas del mundo. En España
se hablan además el catalán y el gallego, idiomas de tronco románico, y el
vasco, de origen controvertido.
Escribir a mano: una herramienta que hemos perdido
En
el mundo de ayer, una de las artes manuales era la caligrafía. La gente debía
entrenarse desde niños en el trazado correcto y prolijo de las letras y
palabras, con lo cual su escritura se convertía en uno de los medios de
comunicación con los demás, aparte de la vía verbal. Ese entrenamiento se ejercitaba
a través de planas interminables, cuyo resultado era una letra legible, a
menudo armoniosa y a veces espléndida.
Sin
ir más lejos, este cronista tuvo un padre que escribía en letra gótica y
redonda, al margen de su caligrafía personal, que era impecable. No se trataba
de un ser excepcional sino de un simple empleado público formado en la
teneduría de libros, pero su destreza a la hora de empuñar la pluma era un
rasgo que abarcaba a casi todos los individuos medianamente cultivados.
Mientras sobrevivió la práctica de los textos manuscritos, la buena letra fue
un rasgo definitorio de la gente alfabetizada, y cabe agregar que el estilo de
la letra trasladaba a los textos algo de la identidad de quien los trazaba.
Luego se universalizó el empleo de la máquina de escribir, con lo cual la letra
impresa borró aquel sello personal. Pero después vino la informática, y a esa altura
la caligrafía pasó a ser un virtuosismo difunto, un arte manual evaporado.
Así
el hombre, que se ufana de haber conquistado modalidades electrónicas de hablar
con el prójimo, dejó por el camino una antigua herramienta, la de escribir a
mano, sin la cual quedaría totalmente incomunicado en caso de sobrevivir en una
isla desierta donde no hubiera computadoras ni tendido de cables. En los viejos
tiempos, la buena letra era un motivo de orgullo para su operador, excepto en
el caso de los médicos, que podían ser profesionales eminentes pero siempre
tuvieron mala letra, solo descifrable por los farmacéuticos. Claro que también
hubo literatos deslumbrantes que escribían con caligrafía tan precaria y
garabateada como la de los médicos, caso de Marcel Proust, cuyos editores
póstumos merecerían más premios que el descubridor del sentido de los
jeroglíficos egipcios. Pero lo que corresponde añadir es que con la
desaparición del hábito de escribir manualmente, se ha desvanecido uno de los
lazos de los congéneres con el idioma. Cualquiera que esté medianamente
sensibilizado para las artes visuales, sabe que una buena letra es un
equivalente de un buen dibujo, y que el abandono de esa ejercitación es una
manera de desencontrarse con la habilidad de la mano que empuña una pluma o un
lápiz.
Antiguamente,
leer una carta manuscrita era una experiencia muy distinta de la que puede
tenerse al leer un e-mail o –peor aún– un mensaje de texto en el celular. En la
caligrafía estaba impresa la huella de un temperamento o de las emociones del
remitente, una carga que desaparece cuando la palabra está mecánicamente
impresa en una pantalla. Falta saber si el género epistolar habría tenido el
prestigio que tuvo en los siglos pasados si hubiera pasado por el baño
congelador de la mecanicidad. Todo lo precedente puede resultar un discurso
arqueológico para gente joven que vive otra realidad, tanto a nivel escrito
como oral, pero desde el añejo mirador de la veteranía puede señalárseles que
por estar zambullidos en la modernidad, se han perdido el secreto de la letra
dibujada y por lo tanto la seducción que la caligrafía tuvo y después perdió.
No todo tiempo pasado fue mejor, pero toda letra pasada fue seguramente más
bella que la de hoy.
¿Debemos decir 'de 2000' o 'del 2000'?
La
Real Academia Española (RAE) recomienda suprimir el artículo delante del año
2000 y sucesivos cuando se trate de datación de cartas y documentos, aunque se
considera necesario anteponerlo si se menciona expresamente la palabra
"año".
Según
señala la Academia en una nota, la preferencia por suprimir el artículo al
especificar la fecha en cartas y documentos procede de la Edad Media: "4
de marzo de 1420", "19 de diciembre de 1999". Desde el 1º de
enero pasado, el artículo se sigue suprimiendo y se debe escribir, "20 de
noviembre de 2000", "5 de mayo de 2005".
Sin
embargo, según el acuerdo adoptado en la última sesión plenaria de la Academia,
"la escueta referencia a 2000 puede resultar imprecisa en la mente de los
hablantes para designar unívocamente un año".
Por
eso, se añade en la nota, el español prefiere mayoritariamente el uso del
artículo en expresiones como "Iré al Caribe en el verano del 2000" o
"La autovía estará terminada en el 2004".
También
hay que utilizar el artículo cuando se menciona la palabra año: "5 de mayo
del año 2000", "20 de diciembre del año 2002".
Como
recuerda la Academia, cuando en el español moderno se alude a una fecha
anterior al año 1100, se suele utilizar el artículo delante del año, al menos
en la lengua hablada: "Los árabes invadieron la Península en el
711".
No obstante, hay abundantes testimonios sin artículos en el idioma escrito. Así, en un texto de "La España del Cid", de Ramón Menéndez Pidal, puede leerse: "Los dos reys ordenaron sus haces y le acometieron (14 de agosto de 1084)".
No obstante, hay abundantes testimonios sin artículos en el idioma escrito. Así, en un texto de "La España del Cid", de Ramón Menéndez Pidal, puede leerse: "Los dos reys ordenaron sus haces y le acometieron (14 de agosto de 1084)".
Esta
fluctuación se registra en la referencia a fechas posteriores a 1100, aunque en
este caso predomina la ausencia de artículos: "Los Reyes Católicos
conquistaron Granada en 1492".
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